Al final todo resultó ser un juego, Britta, July, Scottie y el periodista argentino que hacía las veces de simpático (lográndolo, aunque forzadamente) murieron por un maldito juego. Un juego de peces gordos y mentes creativas con arranques megalómanos que movían los hilos de cientos de vidas de gente ocupada, engranajes de nuestra decadente sociedad. También otros habían caído, aliándose sin saberlo con el diablo, aquellos que fueron nuestros enemigos, por ellos, lo siento menos.
Toda nuestra carrera fue un avance por un torbellino cuyo ojo, inexorablemente, terminaba en Neurocity, y una vez atravesado, en Hong Kong. Lo rehuimos un par de veces, pero acabábamos cayendo en él. Ahora teníamos las pruebas, el Santo Grial del señor Olson, y se lo entregamos en bandeja de plata. Ahora, la venganza sería cosa suya y de sus abogados, venganza que también nos valdría para apaciguar nuestras ansias por las muertes de nuestros compañeros y por haber jugado y destruido parte de nuestras almas, parte de nosotros.
Todo lo que envolvía al macabro juego de marionetas con nombre en clave SIM había sido golpeado en su núcleo. La telaraña de conexiones neuronales que formaban los netrunners, ejecutivos, mercenarios y demás que querían acabar con nosotros se estaba deshaciendo, desconectando, perdiendo su núcleo y sumiéndose en una caída hacia, seguramente un nuevo plan para divertir a aquellos que gobiernan desde el cielo, en lo más alto de sus edificaciones de cristal y plastiacero. Mientras esto ocurría, nosotros descansábamos en un lujoso hotel-casino de Night City, lamiendo nuestras heridas y planteándonos de nuevo la forma de correr por el filo.
Una vez fuera; volver a recuperar nuestros contactos, conseguir una guarida y atar cabos serán nuestras misiones. Una vez fuera, tendremos volver a mirar el cielo contaminado de Night City y amartillar nuestras armas de nuevo. Tengo la sensación de que esto no ha terminado... del todo.