lunes, 16 de abril de 2007

Cuentos de William Payne (Parte III)

Despertamos arropados en la oscuridad, según me dijeron, algunos despertaron antes, en algún elevador o algo así. Tardamos un rato en saber cuantos y quiénes estábamos en cada una de las dos celdas que serían nuestro hogar por el momento. Hogar tan cálido como lo pueden ser cualquier mazmorra de cualquier sucio castillo europeo. Al parecer, nuestro desde hace poco amigo el argentino podía ver en la oscuridad. Buscamos, palpamos; la salida por la fuerza sería imposible. Pasó no se cuanto tiempo y algo comenzó a sonar a lo lejos, un sonido metálico, motores, algún artefacto electromecánico se acercaba. Calculé que la situación no era muy crítica ya que si hubiesen querido acabar con nosotros ya lo hubiesen hecho en ese antro infernal que hacía las veces de guarida de la banda de pandilleros árabes. El artefacto se paró, acechaba tras la puerta dejando entrar una línea de luz, al parecer no era nuestra puerta. La otra puerta se abrió, no podía ver nada, sólo oír y sentir a través de las frías paredes de hormigón.

“Atrás, atrás. Todos contra la pared” – escuché decir a un tipo, luego movimiento. En el artefacto metálico, fuese lo que fuese había unas 3 personas, o eso al menos fue lo que me dijo mi sentido del combate.

Los ruidos de protestas de mis compañeros fueron enseguida sofocados por una amenaza silenciosa, posiblemente la muestra de un arma.

“A ver… por ejemplo, tú, acércate” imperó el tipo “mirad, seré claro, no quiero que me hagáis perder el tiempo, quiero saber qué sabéis de Neurocity, a quién se lo habéis contado, no me toquéis los cojones y todo irá lo bien que tenga que ir, ¿comprendéis?” no dio tiempo a contestar ni a replicar “empieza a cantar”

Enseguida mis dudas de quién era su primera elección se disiparon: Abdel Mazid.

“No te voy a decir nada cerdo, no puedes hacer nada para que te lo diga, no tengo nada” Gimió Abdel con su acento acrecentado, seguro que por los nervios.

“No se si me has entendido lo que he dicho a cerca de perder el tiempo” la voz del interlocutor sonaba tranquila pero amenazante, como una nana mortal que amenaza a un bebé con que duerma por su bien.

A partir de aquí la conversación fue confusa, se mezclaban insultos del pobre muchacho árabe con la pérdida gradual de paciencia del tipo malo. Todo comenzó a ir más deprisa, a hablar más deprisa, era como si las palabras de los dos comenzasen a sujetarse y girar en una espiral, en un torbellino de aire que terminaba con la caída de un trueno; un disparo.

Un cuerpo cayó al suelo, inerte. Había oído muchos cuerpos caer así. Abdel seguramente estaba de rodillas cuando murió.

“Otro” dijo el asesino. Esta vez la cosa se complicaba, esta vez ese otro sería uno de mis recientes amigos o incluso Scottie. Debía hacer algo, pero no podía hacer nada.

“Bien habla… joder, como me he puesto de sangre” el proceso interrogoejecutor se interrumpió “no se puede trabajar así… bien, voy a cambiarme; haced examen de conciencia y no me jodáis” Todo se calmó, sonó otra vez la puerta al cerrarse, el artefacto al alejarse, la luz a apagarse.

La tormenta se reanudó con nuestros gritos, nuestras preguntas, respuestas y lamentos eran las gotas de la lluvia que golpeaba con fuerza todo lo que estaba a nuestro alrededor. Hubo caos, incluso yo me sumí en él.

“¡Joder! ¿qué ha pasado?” “!está muerto¡” “joder” “ el muy hijo de puta se lo ha cargado” “¿Estáis bien?” “de momento sí” “joder, joder” “hijo de puta”

Poco a poco la tormenta amainó. Fui consciente de la responsabilidad que Scottie y yo teníamos encima. Era una pesada carga que no me importaba llevar, éramos el músculo del grupo, y Cheng acababa de llegar, sería injusto que él cargase con la responsabilidad. Nos la teníamos que jugar, lo consideré como una expiación de mis pecados por mi anterior profesión, aunque esta fuese sólo un modo de ganarme la vida.

“Scottie” grité a través de la pared.

“¿Sí?” contestó

“la situación parece un poco crítica, esto requiere soluciones como en Melbourne”

Hubo un rato de silencio, a él le pesaba el tal vez morir más que a mi, pero sé que aun así no le importaba “supongo que tienes razón”

No dijo nada más, no necesitábamos decir nada más. Nos preparamos para la acción.

Pasó un tiempo, sonó de nuevo el artefacto; se mascó el nerviosismo. El demonio venía a vernos, a juzgarnos y a llevarnos con él. Le haríamos frente, las almas mártires de Scottie y Payne serían los escudos de la salvación de los inocentes y no tanto. La plataforma paró, la ruleta giró y se volvió a parar en la puerta de Scottie, Cheng y Nina.

“Vaya, estamos de suerte…” dijo Scottie antes de que volviese a comenzar la tormenta, comenzase el descenso al infierno, de desatarse el Armagedon. Todo acabó enseguida. Resultado: Scottie herido gravemente, el resto bien (o al menos con ninguna otra bala alojada en sus cuerpos que no tuviesen de antes) y el tipo rendido.

Al parecer el estúpido matón no sabía con quien trataba, pensaba que estábamos llorando desconsolados porque el hombre del saco volvería y se comería a algún otro de nosotros. Ahora estábamos todos juntos de nuevo, y teníamos las dos armas que portaba el matón. Según dijo antes de morir los malos eran unos 30, nosotros 8, algunos heridos. Sin lugar a dudas estaban en seria desventaja, sólo 30 contra 8, contra 8 lobos heridos cuya única opción era luchar o morir, sin lugar a donde huir. Lobos heridos, lobos rabiosos, los nuevos diablos que traerían el infierno a sus antiguos dueños. Era hora de matar o morir matando.

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