Estamos lejos de la ciudad, en cualquier dirección y no puedes conducir ni una milla sin atropellar bichos suficientes como para alimentar a una familia, pero no aquí. No, no en West Wind. No en West Wind. En West Wind se dan prisa en quitar la carne aplastada y los huesos rotos. Aquí, en West Wind, limpian la sangre del asfalto antes de que pueda secarse siquiera. Contemplando West Wind, nunca pensarías que la violencia existe.
Elliot Olson, un pez gordo de una gorda megacorporación. Su hija desapareció, según dice él, engullida por una realidad virtual: Neurocity, el cybersueño de miles de jóvenes y no tan jóvenes, el distractor de mentes para descanso de cuerpos, la utopía virtual. Pensé que era una paranoia del viejo, un intento de justificar su frustrado plan de padre perfecto, un intento de no echarse la culpa de malcriar a una chica con demasiadas ganas de bañarse en el neón distractorio de las nuevas tecnologías y drogas. Pero me equivocaba; Britta Olson había partido en un viaje hacia nosedonde y paró en seco en la vieja estación de Miles Osborne en la zona sur, dejando tras de si, su joven cadáver y una pintada con spray en una destartalada pared: “Ellos nos controlan, ellos nos miran, ellos nos vigilan”. Al volarse los sesos había decidido dejarnos ese mensaje y un rompecabezas metido en una caja, una caja llamada Neurocity.
Scottie, yo y unos recomendados del bueno de Eddie nos zambullimos en el laberinto de electrones que construía la ciudad de los sueños virtuales, nuestras no-existentes narices olisquearon por toda la ciudad y encontramos poco más que juegos, sexo y una imitación mediocre la inmundicia del mundo real. Finalmente parece que abrimos la caja por el borde adecuado, apareciendo varias piezas del puzzle que había desgarrado la vida de la chica: Edmund, un tipo de no era quien decía ser y que ni él mismo sospechaba el no serlo; una invitación para conseguir un salto al podium de los privilegiosde los ciudadanos virtuales de Neurocity y una pieza que nosotros mismos recortamos: Neurocity conectada a otro gran sistema por el cordón umbilical de una CLD. Nuestras narices virtuales han empezado a oler algo, aun no sabemos qué. De momento sólo nuestros cerebros son los que han trabajado, pero sospecho que ahora serán nuestros músculos.
Y aquí estamos, mirando las piezas, observando cada estría del borde, nerviosos, esperando su movimiento, esperando la repercusión de cada uno de nuestros movimientos.
Mientras, ahí quedan los amigos de Britta, su padre y todo aquel a quien pueda interesar la muerte de la chica, con sus corazones desgarrados, esperando que seamos nosotros los que pongamos la venda que, según piensan les hará sentir mejor; sentirse a gusto porque la muerte de Britta ha sido vengada.
William Payne
-Street Storyteller y Samurai callejero-
Elliot Olson, un pez gordo de una gorda megacorporación. Su hija desapareció, según dice él, engullida por una realidad virtual: Neurocity, el cybersueño de miles de jóvenes y no tan jóvenes, el distractor de mentes para descanso de cuerpos, la utopía virtual. Pensé que era una paranoia del viejo, un intento de justificar su frustrado plan de padre perfecto, un intento de no echarse la culpa de malcriar a una chica con demasiadas ganas de bañarse en el neón distractorio de las nuevas tecnologías y drogas. Pero me equivocaba; Britta Olson había partido en un viaje hacia nosedonde y paró en seco en la vieja estación de Miles Osborne en la zona sur, dejando tras de si, su joven cadáver y una pintada con spray en una destartalada pared: “Ellos nos controlan, ellos nos miran, ellos nos vigilan”. Al volarse los sesos había decidido dejarnos ese mensaje y un rompecabezas metido en una caja, una caja llamada Neurocity.
Scottie, yo y unos recomendados del bueno de Eddie nos zambullimos en el laberinto de electrones que construía la ciudad de los sueños virtuales, nuestras no-existentes narices olisquearon por toda la ciudad y encontramos poco más que juegos, sexo y una imitación mediocre la inmundicia del mundo real. Finalmente parece que abrimos la caja por el borde adecuado, apareciendo varias piezas del puzzle que había desgarrado la vida de la chica: Edmund, un tipo de no era quien decía ser y que ni él mismo sospechaba el no serlo; una invitación para conseguir un salto al podium de los privilegiosde los ciudadanos virtuales de Neurocity y una pieza que nosotros mismos recortamos: Neurocity conectada a otro gran sistema por el cordón umbilical de una CLD. Nuestras narices virtuales han empezado a oler algo, aun no sabemos qué. De momento sólo nuestros cerebros son los que han trabajado, pero sospecho que ahora serán nuestros músculos.
Y aquí estamos, mirando las piezas, observando cada estría del borde, nerviosos, esperando su movimiento, esperando la repercusión de cada uno de nuestros movimientos.
Mientras, ahí quedan los amigos de Britta, su padre y todo aquel a quien pueda interesar la muerte de la chica, con sus corazones desgarrados, esperando que seamos nosotros los que pongamos la venda que, según piensan les hará sentir mejor; sentirse a gusto porque la muerte de Britta ha sido vengada.
William Payne
-Street Storyteller y Samurai callejero-
2 comentarios:
Bueno, aquí va la historia resumen de William Payne donde nos pone al corriente como iba la campaña de Cyberpunk en aquella época.
El primer párrafo está "homenajeado" (ver posts anteriores para ver la definición de homenaje) de un comic de Sin City.
Lo próximo debería ser la historia de la muerte de Scottie.
Menuda racha de muertes en los últimos módulos. Más que el Cyberpunk parece el Alundra :P
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